Así concluye el arduo y vertiginoso camino de aquel
hombre:
Ya indolente pero moribundo, comprende el montuoso
trayecto que se bifurca.
Se arroba frente al declive suntuoso y, ya alejado de
la penumbra,
Se encuentra conmigo y, aun agonizante,
Me enuncia con admirable retórica:
“La causa por la que deambulo es la misma causa que
hoy me hace fallecer.
Los días que son cada vez más monótonos, no me
producen más que tedio;
Y las ilógicas tradiciones sueltan su fetidez.
Y yo inerme frente a las acusaciones
y el rechazo del prójimo,
No encuentro regocijo. Y por
esto llevo una vida errante
Que hoy proyecta
su ineludible desenlace.
Y es tenue mi voz, pero mis ideas omnipotentes.
Hoy muero de insolación, desvelado por la luz.
Los otros, debajo de la montaña, mueren ciegos y, sin
conocer lo inteligible.
No te aconsejo caminante, que vayas a esas cavernas,
Ni el fuego más pujante, convierte en luz aquellas
tinieblas.”
Debo decir que aquel hombre, con su imagen funesta,
Plantó en mis conocimientos una duda inexorable.
Miro el desmesurado espacio que me rodea
Y es tan oscuro.
Miro mi reflejo en el agua
Y es tan abstracto.
Tal vez puedo ser ciego en una cueva.
Tal vez puedo estar sujeto a la monotonía.
En todo caso tenía un solo y apropiado recurso:
Procure tomar agua y seguir caminando ese día.
Germán Ramos Froidevaux
Se reserva el derecho de autor
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